YAAX – Preguntarle la hora al corazón
Al principio, la aplicación todavía cabía en una conversación.
Alguien quería organizarse mejor. Otra persona estaba cansada de que organizarse significara encontrar cómo producir más. Se habló de disfrutar el día, de reconocer los ritmos del cuerpo, de prestar atención a lo que cambiaba alrededor. Había ganas de hacer algo juntos, aunque cada quien imaginaba algo distinto.
La Casa de los Tiempos tenía trece días para descubrir qué podía salir de ahí.
Caimán: darle forma a lo que todavía no existe

Entre aquellas búsquedas apareció una pregunta: ¿Qué horas son, mi corazón? El reloj podía dar una hora exacta. Cómo se estaba viviendo ese momento tenía tantas respuestas como personas en la llamada. El nombre despertó entusiasmo. Todavía no había una pantalla que mostrar, pero ya daban ganas de abrirla.
Viento: una idea cambia al pasar por otras voces

Llegaron tres propuestas para darle forma. Una persona quería orientarse en su día; otra quería encontrarse con lo que vivían los demás. Al comentarlas, las ideas empezaron a mezclarse. Podían tener un lugar para observar su propia experiencia y otro para compartirla. La pregunta ya empezaba a pedir una pantalla donde escribir, consultar y leer lo que alguien más había vivido.
Casa: hacer lugar a lo que empieza a crecer

La primera pantalla multiplicó las ganas. Ya podían consultar el día y escribir; enseguida quisieron recordar sueños, hacer una pausa para respirar, observar animales y plantas. Cada propuesta traía algo de la vida de quien la ofrecía. La lista crecía más rápido que el tiempo para entenderla.
Entonces alguien pidió bajar la velocidad. Apenas se estaban conociendo. Había quien quería seguir sumando y quien necesitaba detenerse a ver qué estaban haciendo. La aplicación empezaba a ir más deprisa que la conversación que debía darle forma.
Lagartija: explorar hasta encontrar por dónde

Durante una llamada aparecieron unas prácticas corporales en la pantalla compartida. Varias personas no conseguían encontrarlas en sus teléfonos. Buscaron, actualizaron, volvieron a buscar. En una pantalla estaban ahí; en las otras, ni sus luces.
Finalmente dieron con el botón que permitía activarlas. Habían querido simplificar la aplicación y las habían escondido demasiado bien. Antes de practicar las posturas, tocaba practicar cómo encontrarlas.
Serpiente: reunir necesidades que tiran en distintas direcciones

Al mirar los movimientos con más cuidado apareció otro problema. Una figura proponía una torsión difícil de entender; la cabeza giraba de una manera que alguien señaló que su propio cuerpo no podía imitar. El dibujo se había tomado unas libertades con la anatomía. Llegaron manuales, fotografías y contactos de personas que conocían la práctica.
También había distintas urgencias al entrar. Una persona quería consultar algo al despertar; otra necesitaba escribir un sueño antes de olvidarlo. Para esto último hacía falta llegar al registro cuanto antes. La misma aplicación tenía que servir para ambas cosas.
Muerte: soltar lo que empieza a estorbar

La pausa de respiración exigía tocar la pantalla cada vez que se exhalaba. Quien intentaba llevar la atención al cuerpo terminaba pendiente del teléfono. Hasta para tomarse un respiro había que estar disponible para el aparato.
Se pidió que un sonido o una vibración ayudaran a seguir el ejercicio. Había que poder cerrar los ojos y dejar el teléfono a un lado. La prueba había mostrado una incomodidad que en el diseño pasaba inadvertida. Tocaba cambiarlo y volver a probar.
Venado: detenerse a escuchar lo que incomoda

A mitad del recorrido, el desacuerdo alcanzó el rumbo entero del proyecto. Una persona dijo que no estaba encontrando lo que esperaba: aprender otras maneras de ordenar el tiempo y llevarlas a su rutina. Otras valoraban precisamente lo que estaban construyendo.
La conversación se tensó. Había quien defendía un trabajo al que había aportado y quien intentaba explicar por qué seguía sin reconocerse en él. Las diferencias no se resolvieron al terminar la reunión. El trabajo continuó con esa pregunta abierta: ¿qué hacer cuando lo que entusiasma a unas personas deja a otras fuera?
Conejo: cuando las posibilidades se multiplican

En la siguiente prueba, una participante contó que el sonido de la respiración ya le permitía reconocer los cambios y cerrar los ojos. Por fin podía seguir la pausa sin mirar la pantalla.
Otra persona seguía encontrando demasiada información y no sabía para qué volvería a abrir la aplicación. Las dos experiencias llegaron a la misma llamada: alguien empezaba a encontrarle un lugar en su día y alguien más seguía buscando una razón para hacerlo.
Agua: dar cauce a distintas maneras de sentir

Entonces alguien pidió recuperar el contador que habían retirado. Quería sostener el dedo al inhalar y soltarlo al exhalar para observar su propio ritmo. Lo que a una persona la distraía, a otra la ayudaba a escucharse.
El contador acababa de irse y ya tenía quien lo extrañara. Se propuso dejarlo como opción. Esta vez había una salida concreta: cada quien podría elegir cómo hacer la pausa. El problema había cambiado en cuanto escucharon para qué lo usaba esa persona.
Perro: lo que sostiene la compañía

El contador volvió y llegaron mejores figuras corporales, todavía toscas. Empezaban a reconocerse en pantalla peticiones hechas días atrás. Cuando hablaron de lo que estaban recibiendo, mencionaron también el gusto de experimentar, escuchar otras perspectivas y encontrar personas con inquietudes cercanas.
Alguien valoraba mucho las reuniones y seguía sin conectar del todo con la aplicación. Podían dar ganas de volver a la conversación y seguir sin saber qué hacer con algunos de sus botones.
Mono: mirar lo conocido al revés

Una participante compartió el enlace con una amiga. La amiga no entendió cómo entrar ni cómo usarlo en su teléfono. Apenas pudo explorar.
Quienes llevaban días viendo crecer cada parte ya conocían sus recorridos. A la amiga le había llegado el enlace; las conversaciones que ayudaban a entenderlo se habían quedado en las llamadas. Se pidió una bienvenida sencilla. Había que poder abrir la aplicación sin necesitar a alguien al lado que explicara por dónde empezar.
Hierba: la vida desborda las casillas

Entonces llegó la historia de una ardilla.
Una participante había consultado la aplicación al despertar. Más tarde se quedó mirando cómo la ardilla avanzaba entre los cables, cambiaba de camino y se volteaba para llegar al árbol. Quiso contarlo, como había leído lo observado por otras personas. Por un momento, la revisión de pantallas se convirtió en el relato de algo que había sucedido afuera.
Las preguntas sobre agua y plantas no siempre daban lugar a ese tipo de experiencias. A veces costaba más encontrar dónde escribir que saber qué se quería contar. Tomó fuerza una idea más sencilla: un diario de naturaleza abierto, donde cada persona pudiera elegir qué compartir.
Caña: encontrar un eje sin imponer un camino

La última llamada empezó sin que estuviera lista la nueva versión. La aplicación tenía una última cosa que pedirles: paciencia. Conversaron mientras esperaban. Una persona tuvo que marcharse antes de verla.
Cuando por fin pudieron abrirla, encontraron una entrada más clara: consultar, registrar o hacer ambas cosas. El diario dejaba escribir con libertad. Varias peticiones que habían vuelto una y otra vez estaban por fin ahí, listas para probarse.
Quedaban errores. Aun así, quienes seguían conectados expresaron satisfacción con lo que veían. ¿Qué horas son, mi corazón? había cambiado al pasar por experiencias que no eran iguales: querer cerrar los ojos, necesitar un contador, perderse al entrar o volver con algo que ninguna casilla había previsto.
Se despidieron con trabajo por delante y una versión en la que podían reconocer algo de lo que habían pedido. Afuera seguirían pasando cosas. Ahora había un lugar donde volver a contarlas.